Ateneo científico: Fundación REPRO
Expositora: Dra. Viviana Jaitt y Beatríz Literat
En el marco de las actividades académicas de Fundación REPRO, se realizó el ateneo científico “El cuerpo que queda afuera. Salud sexual en los tratamientos de fertilidad: por qué importa y cuándo derivar”, un encuentro centrado en una dimensión de los tratamientos de fertilidad que muchas veces queda relegada: la sexualidad.
La exposición partió de una pregunta concreta: ¿qué sucede con el cuerpo, el deseo y la intimidad de una pareja cuando la búsqueda de un embarazo comienza a organizar gran parte de su vida?
Durante un tratamiento, el cuerpo puede quedar atravesado por estudios, procedimientos, medicaciones, fechas y resultados. Pero también siente, desea, se cansa, se angustia y necesita placer y contacto. Reconocer esta dimensión permite ampliar la mirada sobre el cuidado y detectar cuándo es necesario abrir una conversación o recurrir a una consulta especializada.
Cuando el encuentro sexual se convierte en una tarea
En muchas parejas, el tratamiento introduce fechas, horarios, indicaciones y objetivos. El encuentro sexual puede quedar asociado exclusivamente a la posibilidad de lograr un embarazo.
Lo que antes podía ser espontáneo comienza a estar atravesado por la planificación y la expectativa. El cuerpo entra en una lógica de rendimiento: hay que poder, hay que responder, hay que hacerlo en el momento indicado.
La intimidad puede transformarse así en una tarea más del tratamiento.
Esto no significa que todas las parejas desarrollen una dificultad sexual. Pero el proceso puede modificar la manera en que se relacionan con su propio cuerpo, con el cuerpo del otro y con el encuentro íntimo.
El cuerpo bajo presión
El estrés, el cansancio, las dificultades para dormir, la presión económica y emocional y la sucesión de estudios y procedimientos forman parte del contexto en el que transcurre un tratamiento de fertilidad.
Por eso, frente a una dificultad sexual, no siempre alcanza con buscar una única explicación.
Un descenso del deseo, por ejemplo, puede estar relacionado con múltiples factores: cómo está durmiendo una persona, cuánto estrés atraviesa, cómo se encuentra físicamente, qué sucede en su vínculo de pareja o qué significado tiene para ella el encuentro sexual en ese momento.
La sexualidad no ocurre aislada del resto de la vida.
No todas las parejas viven la sexualidad de la misma manera
Uno de los puntos destacados durante el ateneo fue la necesidad de evitar una mirada única sobre la sexualidad.
No todas las parejas tienen la misma forma de vincularse, no todas tienen las mismas prácticas sexuales y no todas expresan el deseo de la misma manera. También existen distintas configuraciones de pareja y distintas experiencias corporales.
Por eso, preguntar desde supuestos puede dejar afuera información importante.
La pregunta no necesariamente tiene que ser “¿qué es lo normal?”, sino “¿cómo es para ustedes?”
Conocer el propio cuerpo, reconocer qué genera placer o incomodidad y poder comunicarlo también forma parte de una sexualidad saludable.
¿Qué puede observar el equipo de fertilidad?
Muchas veces, la persona no consulta por una dificultad sexual. Incluso, ante una pregunta directa, puede responder que no existe ningún problema.
Por eso es importante prestar atención a algunas señales que pueden aparecer durante el proceso:
- dolor persistente durante o después de las relaciones;
- dispareunia o vaginismo;
- dificultades de erección que aparecen en determinadas situaciones;
- pérdida o disminución marcada del deseo;
- dificultad para disfrutar de los encuentros;
- sexo vivido como obligación o tarea;
- evitación de la intimidad o del contacto corporal;
- dificultades para consumar la relación;
- distanciamiento creciente entre los integrantes de la pareja;
- culpa, ansiedad o miedo asociados al encuentro sexual;
- conflictos de comunicación que comienzan a afectar la intimidad.
También es importante observar situaciones en las que una persona queda particularmente expuesta al proceso mientras la otra queda desplazada. El tratamiento puede convertirse, sin intención, en una experiencia centrada casi exclusivamente en quien realiza los estudios o atraviesa los procedimientos.
La pareja también necesita ser mirada.
¿Cómo abrir la conversación?
Hablar de sexualidad en una consulta médica puede resultar difícil tanto para quien consulta como para quien atiende.
Una pregunta cerrada como “¿tienen problemas sexuales?” puede no ser suficiente. Muchas personas no identifican lo que les sucede como un problema, sienten vergüenza o simplemente nunca tuvieron un espacio para hablar de ello.
Por eso, una estrategia posible es normalizar la conversación.
Por ejemplo:
“A muchas parejas el tratamiento les modifica la vida sexual. ¿A ustedes les pasó algo parecido?”
La pregunta no presupone que existe una disfunción. Simplemente abre una puerta.
Desde esta perspectiva, la información y la psicoeducación pueden funcionar como herramientas preventivas: permiten poner en palabras determinadas experiencias, reconocerlas y saber que existe un espacio al que se puede recurrir.
Volver al cuerpo
Cuando una pareja necesita acompañamiento sexológico, el objetivo no es simplemente “volver a tener relaciones”.
Una parte del trabajo consiste en recuperar el registro corporal y disminuir la presión por el desempeño.
A través de ejercicios de respiración, atención plena, exploración gradual y focalización sensorial, se puede trabajar para que el contacto vuelva a ser una experiencia de encuentro y no una prueba que hay que superar.
El contacto sin una meta reproductiva permite recuperar algo que durante el tratamiento puede haberse perdido: el placer por el placer mismo.
También se trabaja sobre la comunicación: poder expresar qué gusta, qué incomoda, qué se desea y qué necesita cada integrante de la pareja.
El deseo no puede construirse únicamente desde la exigencia. Necesita condiciones para aparecer.
¿Cuándo derivar?
La derivación a sexología no debería ser entendida como el último recurso, cuando el problema ya está instalado.
Puede ser útil ante la aparición de dolor, dificultades sexuales persistentes, pérdida del deseo, evitación de la intimidad, conflictos vinculados a la sexualidad o dificultades para consumar la relación.
Pero también puede tener un lugar preventivo, especialmente al comienzo de un tratamiento.
El inicio puede ser un momento especialmente oportuno para brindar información, anticipar posibles cambios y ofrecer herramientas antes de que una dificultad se transforme en un problema mayor.
También puede ser importante retomar la conversación después de un resultado negativo, una pérdida o al finalizar un tratamiento, haya o no embarazo.
Porque cuando termina el proceso reproductivo, la pareja tiene que volver a encontrarse también fuera de esa lógica.
La prevención empieza antes del síntoma
Uno de los conceptos que atravesó el encuentro fue la posibilidad de incorporar la salud sexual a la atención integral de las parejas desde el comienzo.
En una consulta de fertilidad hay mucho que observar más allá del motivo puntual por el que la persona o la pareja llega. Cómo se miran, cómo se escuchan, cómo se acompañan, qué lugar ocupa cada uno y qué está sucediendo con su intimidad pueden brindar información valiosa.
No se trata de diagnosticar un problema a partir de una mirada ni de convertir cada dificultad en una patología.
Se trata de estar atentos, preguntar cuando corresponde y saber cuándo abrir una puerta hacia otro profesional.
La consulta sexológica puede ser también un espacio de información, prevención y cuidado.
El cuerpo que también necesita un lugar
Los tratamientos de fertilidad ponen en juego una enorme cantidad de recursos médicos, emocionales y personales. En ese recorrido, la sexualidad no debería quedar reducida al encuentro sexual necesario para lograr un embarazo ni desaparecer del mapa cuando el tratamiento comienza.
El cuerpo que siente, desea, disfruta y busca intimidad también forma parte de la experiencia de quienes atraviesan un tratamiento de fertilidad.
Por eso, cuidar la salud sexual significa ampliar la mirada: acompañar a la persona, pero también a la pareja; atender el cuerpo orgánico, pero también el cuerpo vivido; intervenir cuando aparece el síntoma, pero también ofrecer herramientas antes de que aparezca.
Porque acompañar un tratamiento de fertilidad también es cuidar cómo una pareja atraviesa el camino.



